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  • Silencio

    Mis dedos tronan,

    Hay noches en que tronan más,

    Pequeños espacios que separan sus articulaciones son expulsados

    y nuevamente se acumulan,

    manifiestando distancia, desintegración.

    Apenas cierro el puño resuena el escape nuevamente. Mis articulaciones se vuelven a juntar.

    Pensé que ya volverías pero ni deseas la cercanía

    Soñé que la distancia cambiaría de color

  • Sombra

    En que lugar te encontraré ahora?

    Tras qué instante aguardarás? – tu que siempre me esperas con los ojos atentos-

    Que rostro reflejarás, en que gesto te abrigarás?

    Al trinar una chispa a través de mi pupila intuyo tu voz

    Recuerdo mi infancia y transito praderas doradas, sol pleno 

    Recuerdo ser el sueño de alguien que no imagino ni conozco

    Vértigo.

    Pronto te alejas pero retornas, no me abandonas.

  • Paréntesis

    Cuando avanzo retrocedo,

    Cuanto hay arriba hay abajo,

    El segundero de mi reloj tiene un paso firme y resonante,

    El reloj ajeno se dobla e inclina caprichosamente, imprevisible.

    -Esquivar la impureza para habitar la morada del deseo.

    Quitarme el rostro y solo esperar la duración de un tiempo líquido, inseguro.

    Palpitaciones asíncronas en el lecho.

    ¿Cuánto tiempo duran los paréntesis?

    ¿Cuanto dice la prudencia he de esperar?

    En los días que soy flecha el aire me estorba.

  • Canela

    Hay días en que tras los párpados pesados, -al despertar-

    Tengo el privilegio de encontrarme acompañado.

    Y cuando el tiempo todavía no te alcanza

    para retornar :

    espío a la luz llegar hacia ti con un olor profundo a canela.

    El viaje transcurre tus hombros y se apoya en tu clavícula

    como un péndulo

    -amplía su vaivén-

    Entre el tiempo detenido y la permanencia del aroma.

    Nadie antes había cabido tan perfectamente,

    en el tiempo que depara mi eternidad.

  • Vertiente

    Tras la sombra que proyecta el perfil de mi rostro,

    Persiguiendo el limite percibo nuevamente el vértigo, -ni atrás ni delante-

    ¿Cuál es el cause de esta vertiente y a donde me conducir ahora?

    Esperando el pálpito ajeno, aguardando sincronización se queman mis números. 

    ¿Fue tu timbre alguna vez agradable? ¿Tu conjuro me conduce al cobijo? ¿Existió acaso el hogar? 

    A un día de reencarnate en el tiempo y el espacio , no sé si lo quiero. Acaso un fantasma transita con tu velo y tu aroma.

    Pero este río ahora tiene una catarata por delante, y otra por detrás.

  • Quizás

    Quizás el horizonte se unde,

    En un valle sereno y obscuro,

    Allá al norte, dibujando el límite con una forma nerviosa y regularmente acogedora,

    Y es quizás por tu presencia allí.

    En estos días el peso de su nombre torna la gravedad en abismo profundo.

    Desde mi camino no veo el epicentro, veo la consecuencia.

    Me muevo en un vector externo, en dirección contraria. – suspendido.

    Y mientras más me alejo más crece tu nombre.

  • Presencia

    En las nubes arremolinadas,

    tras los racimos,

    rastreando los nudos y las hilachas,

    en los cielos grises y cargados, en el momento de la contemplación,

    te hallo, con tu voz cristalina de pájaro.

    Tras las cáscaras y la hojarasca,

    en las hojas perdidas que hechizaron murallas de fractales, te hallo

    Aún habitas la lavandería y el piso de parquet. Aún huyes del sol en las tardes de alargadas sombras.

  • Una historia felina

    Hubo un tiempo en que viví junto a tres gatas y una mujer felina.

    Cada gata encontró su espacio junto a mi y dejó su rastro, más lentamente una, que en las tardes calurosas se retiraba buscando las sombras del hogar.

    Ni que decir que el banquete del sol, sosegaba en las demás ese existir felino, contemplativo y estático, al acecho de una presa inexistente, al deleite de la pleitesía.

    Al ingresar al hogar, el largo pasillo conducía a los ojos atentos de dos felinas, en una bienvenida cautelosa, dos cabezas alineadas, cual pupilas escarlata en consonancia. 

    Vivir con tres gatas significó ceder ante la presencia de hebras finas y omnipresentes, traslúcidas y livianas, que hasta hoy son parte de los fantasmas que habitan este largo pasillo. 

    Una primera, la más joven, poseía en su rostro, una reminiscencia dibujada por su genética, en una suerte de bigote. Érase la más curiosa. Apenas se abría un pequeño espacio, apenas se habilitaba un recoveco, dispuesta ella a ingresar y probar su presencia física, en el volumen existente y medir cierta posibilidad misteriosa. Nada temerosa, con dignidad e irreverencia habitaba, cual reencarnación de un héroe de guerra jubilado.

    La segunda oscura como la noche. Un pequeño descanso trazaba un espacio claro en el pecho, fue quizás quien más me permitió sentir su presencia. Si los gatos te eligen, ella fue la primera en aceptarme, a pesar que su entrega ronroneante duraba instantes, De forma reiterada, en esa temporalidad tan felina, plenamente se rendía para pronto huir y moverse, esquivando la permanencia.

    Recuerdo ahora como rondan alrededor de nuestras cabezas los pasos de estos seres, y cómo su gravedad toma posesión del lugar que queda, amplificando como una onda, la posesión del territorio que ocupan. Mirando a media vista, con naturaleza cazadora escondida.

    Una más, fue la última en aceptar, y vino en el momento doloroso, cuando las cosas estaban hechas añicos, y entonces pudo en paz estar y ser junto a mi. Ojos de constelaciones, miraban en la distancia, con claridad. Temerosa prefirió adueñar un espacio suyo, propio, lejano. Curiosamente fue la más consciente de la transformación y el destino de lo que sucedería.

    Respecto a aquella mujer felina, fui reconociendo día a día ciertas similitudes con las gatas, principalmente en la forma en que ocupaba el espacio. A veces, con cierta inocencia, veía yo su presencia como se ven las estrellas titilando, adivinando una distancia parecida a recordar el pasado.

    Sus movimientos flexibles tenían la capacidad de alargar el tiempo, y en las noches, cerca a su corazón, se formulaba un breve refugio, parecido al hogar.

    La suavidad de la pelusa que la recubría, en las noches de luna plena, donde sus grandes ojos brillaban con mirada fulminante, adormecía cualquier resistencia mía por caer en una espiral sin retorno. Sin embargo, y no se en qué momento, tras la suavidad se dio paso poco a poco, una fría piel escamosa.

    Ella entonces habitaba una sombra, no ya como una forma flexible. Una huidiza presencia reptando a través de las paredes, tanto de las habitaciones como entre el sueño y la vigilia. ¿Acaso había razón para esta transmutación, o había surgido sin piedad una lamia desde las cenizas de los días agotados?

    Era claro que estos nuevos ojos ya no me miraban, ya no me buscaban, me traspasaban a través un vector lento y directo que ha dejado su rastro doloroso en mi.

    El viento ahora golpea la noche con un tono tubular, sostenido y profundo. Las ventanas se descascaran.

  • Cabal

    Quisiera decirte cuanto te extraño, cuánta falta me haces. Cuanto te necesito. Pero he de callar.

    Y no es que tu cuerpo me falte. Ni el suave susurro de la piel, ni el calor de la presencia compartida. Es tu consejo y el amparo del futuro que me falta. Es sentir que el camino es seguro.

    Aun te veo a ti ahí, como un reflejo a través de mi propia sombra, a través del atardecer.

    El mundo se cae a pedazos y la hostilidad embarga mi esperanza, pero aún te siento ahí como la pieza que completa el vacío faltante a cabalidad.

  • Tras la paz

    Una persona muy importante me dijo aquella vez,

    Que a mi me gustaba sufrir. Que por eso buscaba el dolor. Que esa inconstancia que trae la falta de paz era indispensable.

    Casi ansiosa mi búsqueda por la crisis, encontrando justificar y significar la realidad y sus fallas.ķ

    Hoy que ese perseguir, 

    Me lleva a entender que es lo quiero. Paz en el corazon, mente despejada.

    Drama controlado. 

    Como lo procuro ? 

    Y ahora que estoy moviendo mi cuerpo empecinadamente,

    Pienso que quizás me confundo,

    Pues sentirme bien conmigo mismo, aceptarme como soy y saber que está bien, suele darme esa mágica convicción…

    No se si eso es paz, o solo el paso a la euforia permitido. O el sentirme aun capaz de sentir y ser euforia.

    Mi orgullo me lleva a pensar que todo corresponde solo a mi,

    Pero mi pez revoltosamente me lleva a buscar en los ecos.

    Hay ecos que fueron luminosos. Y en la soledad no hay reverberación. Pero en el recuerdo hay muchos brillos.

    Y de repente soy un ser con raíces que ni se atreve a mover las ondas que me rodean, con mi voz quebrada.

    Será quizás la paz solo ese momento de quietud tras un tempestuoso caos?

    O es aceptarme la quietud y ser piedra ?