¡Qué se va a hacer con el pobre loco! Está como de visita todo el tiempo, saludando aquí perdiendo algo allá, donando al sol un poco de su alma, pedazo a pedazo aparece su cuerpo desnudo.

Es verdad que ha perdido en gran parte su autoridad sobre las palabras, que lo acogen, lo van enrollando y lo escupen, pero recuerda aún extrañar alguna fuente, una de aquellas -una que reitera cada día- cuando pasamos frente a ella, su importante lugar en el patio de la casa.

Fuente de verano te estancas y adquieres un nuevo fondo, y en invierno rescatas la plata de la mujer que llora en tu nombre por algún amor, pero sabes que alrededor del patio viven ellos, y salen y se ocultan con el sol, y lo rompen en pedazos que reparten en la cena; salen de sus cuartos como para conjurar su existencia por doquier, sin poder encontrarla todavía.

Sabía que al norte del salón de té tras los arbustos, ese lugar que nadie esperó limpiar, ni nadie quiere investigar, quedaba el último retazo de aquellos tiempos en que la fuente había sido finalizada, enterrado, escondido como tu nombre, lejano tras las frías distancias.

Se abre un recuerdo, ahora, en la boca de mi alma, que pide clemencia y sosiego para mi sed encallecida, quiero entonces estrechar mi frío en tu altar.

Que no nos vea el cielo ni la tierra.

Ni los cuerpos.

Entonces entonar la dulce vibración de tu silencio, cercano a mi espectro que no es bulla si das la espalda, ni es vacío si tú me quedas.

No puedo soportarte así, aquí no me llevas.


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