Hubo un tiempo en que viví junto a tres gatas y una mujer felina.
Cada gata encontró su espacio junto a mi y dejó su rastro, más lentamente una, que en las tardes calurosas se retiraba buscando las sombras del hogar.
Ni que decir que el banquete del sol, sosegaba en las demás ese existir felino, contemplativo y estático, al acecho de una presa inexistente, al deleite de la pleitesía.
Al ingresar al hogar, el largo pasillo conducía a los ojos atentos de dos felinas, en una bienvenida cautelosa, dos cabezas alineadas, cual pupilas escarlata en consonancia.
Vivir con tres gatas significó ceder ante la presencia de hebras finas y omnipresentes, traslúcidas y livianas, que hasta hoy son parte de los fantasmas que habitan este largo pasillo.
Una primera, la más joven, poseía en su rostro, una reminiscencia dibujada por su genética, en una suerte de bigote. Érase la más curiosa. Apenas se abría un pequeño espacio, apenas se habilitaba un recoveco, dispuesta ella a ingresar y probar su presencia física, en el volumen existente y medir cierta posibilidad misteriosa. Nada temerosa, con dignidad e irreverencia habitaba, cual reencarnación de un héroe de guerra jubilado.
La segunda oscura como la noche. Un pequeño descanso trazaba un espacio claro en el pecho, fue quizás quien más me permitió sentir su presencia. Si los gatos te eligen, ella fue la primera en aceptarme, a pesar que su entrega ronroneante duraba instantes, De forma reiterada, en esa temporalidad tan felina, plenamente se rendía para pronto huir y moverse, esquivando la permanencia.
Recuerdo ahora como rondan alrededor de nuestras cabezas los pasos de estos seres, y cómo su gravedad toma posesión del lugar que queda, amplificando como una onda, la posesión del territorio que ocupan. Mirando a media vista, con naturaleza cazadora escondida.
Una más, fue la última en aceptar, y vino en el momento doloroso, cuando las cosas estaban hechas añicos, y entonces pudo en paz estar y ser junto a mi. Ojos de constelaciones, miraban en la distancia, con claridad. Temerosa prefirió adueñar un espacio suyo, propio, lejano. Curiosamente fue la más consciente de la transformación y el destino de lo que sucedería.
Respecto a aquella mujer felina, fui reconociendo día a día ciertas similitudes con las gatas, principalmente en la forma en que ocupaba el espacio. A veces, con cierta inocencia, veía yo su presencia como se ven las estrellas titilando, adivinando una distancia parecida a recordar el pasado.
Sus movimientos flexibles tenían la capacidad de alargar el tiempo, y en las noches, cerca a su corazón, se formulaba un breve refugio, parecido al hogar.
La suavidad de la pelusa que la recubría, en las noches de luna plena, donde sus grandes ojos brillaban con mirada fulminante, adormecía cualquier resistencia mía por caer en una espiral sin retorno. Sin embargo, y no se en qué momento, tras la suavidad se dio paso poco a poco, una fría piel escamosa.
Ella entonces habitaba una sombra, no ya como una forma flexible. Una huidiza presencia reptando a través de las paredes, tanto de las habitaciones como entre el sueño y la vigilia. ¿Acaso había razón para esta transmutación, o había surgido sin piedad una lamia desde las cenizas de los días agotados?
Era claro que estos nuevos ojos ya no me miraban, ya no me buscaban, me traspasaban a través un vector lento y directo que ha dejado su rastro doloroso en mi.
El viento ahora golpea la noche con un tono tubular, sostenido y profundo. Las ventanas se descascaran.